En mayo de
1816, Mary Godwin, Percy Shelley y su hijo viajaron a Ginebra con Claire
Clairmont. Planeaban pasar el verano con el poeta Lord Byron, cuyo reciente
romance con Claire había devenido en un embarazo de ésta. El grupo llegó el 14
de mayo de 1816 a Ginebra, en donde Mary comenzó a llamarse a sí misma «Sra.
Shelley». Byron se unió el 25 de mayo, con su joven médico y secretario, John
William Polidori, y alquilaron la Villa Diodati, cercana al Lago de Ginebra en
Cologny; Percy Shelley más tarde alquiló un edificio más pequeño llamado Maison
Chapuis, ubicado en las cercanías. Pasaron el tiempo escribiendo, navegando en
el lago y conversando hasta altas horas de la noche.
Mary Shelley,
en 1831, describió el verano como «húmedo y poco amable en lo que respecta al
clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la
casa». Entre otros temas, las conversaciones se basaban en los experimentos del
filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin, del cual se decía que había animado
materia muerta, y de la posibilidad de devolverle la vida a un cadáver o a
distintas partes del cuerpo. Sentados alrededor de una fogata en la villa de
Byron, el grupo también se entretenía leyendo historias de fantasmas alemanas.
Esto llevó a Byron un día a sugerir que cada uno escribiese su propia historia
sobrenatural. Poco después, durante un sueño, Mary Godwin concibió la idea de Frankenstein:
Vi, con los
ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes
impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma
de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste
cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía
ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier
esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.
Comenzó
a escribir lo que asumió que sería una historia corta. Con la ayuda de Shelley,
amplió el cuento hasta convertirlo en su primera novela, Frankenstein o el
Moderno Prometeo, publicada en 1818. Más tarde describió el verano en Suiza
como «el momento en que por primera vez salté de la infancia a la vida real».
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